Mañana fresca. El viento llega con vibraciones de postas y cartuchos procedentes de un campo de tiro de los años 60 situado arriba, en la cima del monte. Las nuevas antenas de televisión son carcasas de cohetes blanquirojas.
Sopla una brisa fría y fresca. Al sureste, un gato blanco y negro descansa acurrucado al lado del muro de piedra. Arriba, a la derecha, por encima de la urbanización, al lado de la central eléctrica, tres o cuatro árboles frondosos de hojas verdes y amarillas colorean la mañana.
Nubes oscuras ennegrecen los montes del suroeste. Al mismo tiempo, nubes blancas escalonadas blanquean las montañas del noroeste. Al lado de la pasarela, al otro lado de la carretera nueva, un gato negro se agazapa sobre una zona verde escarpada cubierta por una malla verde antidesprendimientos.
En el corral del caserío grande, con zagüan de ventanucos de madera pintadas con pintura acrílica, crece un castaño. Al lado de la puerta Sur del caserío alto, se yergue un limonero lleno de frutos. Camino arriba, un arbusto de hojas verdes aserradas florece en invierno.
Ha empezado a lloviznar. Arriba, en los huertos furtivos, ni un alma.
sábado, 31 de enero de 2009
viernes, 30 de enero de 2009
Pag.12 $ Gatitos, pájaros y caballos
Nace un nuevo día. Cirros rojizos pincelan un cielo azul, de atmósfera limpia, de frescor cálido. Al poco rato, el rojo se desvanece y nubes blancas de ondas esféricas, caóticas e irregulares envuelven el cielo.
A primera hora de la mañana, los gatitos más pequeños han salido del refugio a jugar saltando y persiguiéndose. Los gatos de los caseríos, excepto los atigrados, también se han aventurado hasta el centro de la vía de grava, dubitativos. La luz y la calidez del día anima a los pájaros a entonar trinos ahogando el ruido del rozamiento de los neúmaticos y los motores de inyección que, carretera arriba, ponen a prueba su par motor.
El sol del Este proyecta sombras aleteadas de coches aparcados en batería sobre el asfalto. Melbourne. En el extremo sur, paneles de plástico transparentes, separan la acera de la carretera nueva, excavada bajo el suelo, por la que transitan coches hacia una rotonda con desvíos a túneles iluminados con forma de caja de cerillas grande. No pocos problemas dió la carretera nueva a los arquitectos y operarios porque debajo de una fragilidad aparente, el monte oculta capas de piedra gris de gran dureza.
En el centro de la rotonda, han instalado una estructura de piedra con forma de v invertida. Al final de cada pata de la v, un elemento de cemento, con forma de casco de caballo, sirve apoyo. A modo de abanico, cables metálicos de color azul anclan las patas al suelo. Al lado, han levantado una comisaría. Alzando la vista desde la rotonda, el camposanto. Los coches circulan, día y noche, por debajo de lugares donde reposaban los muertos, por debajo de osarios, tumbas, nichos, cruces y epitafios.
Algunos coches aparcan en doble fila al lado del muro de ladrillo rojo. Oscurece el día. En la cima del monte, brillan dos luces blancas.
A primera hora de la mañana, los gatitos más pequeños han salido del refugio a jugar saltando y persiguiéndose. Los gatos de los caseríos, excepto los atigrados, también se han aventurado hasta el centro de la vía de grava, dubitativos. La luz y la calidez del día anima a los pájaros a entonar trinos ahogando el ruido del rozamiento de los neúmaticos y los motores de inyección que, carretera arriba, ponen a prueba su par motor.
El sol del Este proyecta sombras aleteadas de coches aparcados en batería sobre el asfalto. Melbourne. En el extremo sur, paneles de plástico transparentes, separan la acera de la carretera nueva, excavada bajo el suelo, por la que transitan coches hacia una rotonda con desvíos a túneles iluminados con forma de caja de cerillas grande. No pocos problemas dió la carretera nueva a los arquitectos y operarios porque debajo de una fragilidad aparente, el monte oculta capas de piedra gris de gran dureza.
En el centro de la rotonda, han instalado una estructura de piedra con forma de v invertida. Al final de cada pata de la v, un elemento de cemento, con forma de casco de caballo, sirve apoyo. A modo de abanico, cables metálicos de color azul anclan las patas al suelo. Al lado, han levantado una comisaría. Alzando la vista desde la rotonda, el camposanto. Los coches circulan, día y noche, por debajo de lugares donde reposaban los muertos, por debajo de osarios, tumbas, nichos, cruces y epitafios.
Algunos coches aparcan en doble fila al lado del muro de ladrillo rojo. Oscurece el día. En la cima del monte, brillan dos luces blancas.
jueves, 29 de enero de 2009
Pag.11 $ El piano
Amanece. Colores negros mates se trastocan en verdes isobaras escalonadas formadas por arbustos isométricos. Un cielo morado abruma. A la izquierda, un rectángulo de luz blanca ilumina el edificio de oficinas dentro de una herradura volumétrica. Llueve débilmente sobre el monte. Silencio nocturno.
Las luces públicas van apagándose de forma secuencial. Primero las de la carretera nueva, luego, las de la urbanización, finalmente las de la ciudad. Lejos, puntos de luz dibujan una función exponencial. Un gato multicolor, mezcla de gris, marrón y negro se encuentra al lado del muro de ladrillo rojo; otro blanco y negro está quieto cerca del muro de piedra.
El balasto o grava gruesa, base de apoyo de los raíles y traviesas ha quedado amontonado a ambos lados de la vía. Una persona ensaya una partitura de piano. Arriba, cerca de las casitas de cemento, un depósito de gasoil blanco alimenta la calefacción. En el extremo norte, dos montes con árboles muy ramificados de hoja caduca se alzan sobre los edificios cercanos. Al Sur, nubes bajas de color negro discontínuas, al Norte cielos de claro oscuros.
Por la carretera vieja que une la urbanización, las casitas de los años 60 y la empresa con forma de herradura, circula una furgoneta de Correos amarilla. El pianista vuelve a tocar, con notas lentas, una melodía dulce de fotogramas tristes. Hacia el sureste navegan cielos nubosos. El sol empieza a brillar. La luz se refleja sobre las membranas de las gotas de agua que han caído encima de las hojas del zarzal, al pie de los coches aparcados.
En verano, ráfagas rápidas de aire sacuden y agitan la hierba baja, el zarzal y los árboles que han crecido al otro lado del muro de piedra. Alrededor todo está en calma. Otras veces, el viento crea espirales, flujos de aire que rotan en el interior de la copa de un árbol, zarandeando sus ramas, deformando su contorno y coloreándolo por el cambio de posición con respecto a la luz, asustando al paseante que no está acostumbrado a los cambios bruscos de presión atmosférica en lugares tan reducidos.
Son las cuatro de la tarde. Nubes fragmentadas. Desplazándose hacia el oeste, el sol sombrea la vía en su lado norte y el huerto próximo al caserío grande. Los rayos de invierno calientan las fachadas sur y oeste del caserío alto de tejado reformado.
Como todas las tardes, los gatos campan por la vía, cautos, sigilosos, altivos. Arriba, las casitas de la urbanización de líneas infantiles reposan sobre un escalón natural del monte. De barrera vertical, han levantado un muro de contención sobre el que se asienta un ramal de la carretera nueva que baja a la ciudad. El muro de unos ocho metros de altura tiene forma de hoja de cálculo tridimensional con bordes blancos muy gruesos y celdas largas de poca altura, convertidas en jardineras exteriores.
Calor húmedo. Anochecer tardío. Arriba en el monte, cielo de verano.
Las luces públicas van apagándose de forma secuencial. Primero las de la carretera nueva, luego, las de la urbanización, finalmente las de la ciudad. Lejos, puntos de luz dibujan una función exponencial. Un gato multicolor, mezcla de gris, marrón y negro se encuentra al lado del muro de ladrillo rojo; otro blanco y negro está quieto cerca del muro de piedra.
El balasto o grava gruesa, base de apoyo de los raíles y traviesas ha quedado amontonado a ambos lados de la vía. Una persona ensaya una partitura de piano. Arriba, cerca de las casitas de cemento, un depósito de gasoil blanco alimenta la calefacción. En el extremo norte, dos montes con árboles muy ramificados de hoja caduca se alzan sobre los edificios cercanos. Al Sur, nubes bajas de color negro discontínuas, al Norte cielos de claro oscuros.
Por la carretera vieja que une la urbanización, las casitas de los años 60 y la empresa con forma de herradura, circula una furgoneta de Correos amarilla. El pianista vuelve a tocar, con notas lentas, una melodía dulce de fotogramas tristes. Hacia el sureste navegan cielos nubosos. El sol empieza a brillar. La luz se refleja sobre las membranas de las gotas de agua que han caído encima de las hojas del zarzal, al pie de los coches aparcados.
En verano, ráfagas rápidas de aire sacuden y agitan la hierba baja, el zarzal y los árboles que han crecido al otro lado del muro de piedra. Alrededor todo está en calma. Otras veces, el viento crea espirales, flujos de aire que rotan en el interior de la copa de un árbol, zarandeando sus ramas, deformando su contorno y coloreándolo por el cambio de posición con respecto a la luz, asustando al paseante que no está acostumbrado a los cambios bruscos de presión atmosférica en lugares tan reducidos.
Son las cuatro de la tarde. Nubes fragmentadas. Desplazándose hacia el oeste, el sol sombrea la vía en su lado norte y el huerto próximo al caserío grande. Los rayos de invierno calientan las fachadas sur y oeste del caserío alto de tejado reformado.
Como todas las tardes, los gatos campan por la vía, cautos, sigilosos, altivos. Arriba, las casitas de la urbanización de líneas infantiles reposan sobre un escalón natural del monte. De barrera vertical, han levantado un muro de contención sobre el que se asienta un ramal de la carretera nueva que baja a la ciudad. El muro de unos ocho metros de altura tiene forma de hoja de cálculo tridimensional con bordes blancos muy gruesos y celdas largas de poca altura, convertidas en jardineras exteriores.
Calor húmedo. Anochecer tardío. Arriba en el monte, cielo de verano.
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